ANCHO Y AJENO

fronteras-fernando parra

Los escasos verdaderos maestros y no los simples y hastiados por lo común profesores son magos, convierten a esos chicos como lémures, todo ojos y patas, en humanos, así que el mago está encargado de la educación del muchacho. Cuando Merlín transforma en pájaro a su joven pupilo Arturo, le pide qué le cuente lo que ve mientras ambos sobrevuelan la campiña. Arturo comienza a describir almiares y casas, caminos, colinas, caseríos, castillos y ríos, pero su tutor enseguida le interrumpe porque lo que pretende es que perciba una ausencia, y enseguida se lo aclara: “Desde el aire no hay fronteras” (*). Pienso que ese es un buen ejemplo de en qué consistiría una buena educación para un futuro rey. Menos academias militares con trato de favor y más conocer el mundo como es: no se ven fronteras desde arriba. Pero las hay.

La ontogenia (o la embriología) rememora toscamente la filogenia (nuestra historia evolutiva). Aunque lo olvidemos quizás por fortuna (añorar en exceso no es bueno en los viajes), el primer acto de nuestra vida, cuando nacemos, involuntario, es repetir abreviada y angustiosamente la gesta de aquel primer pez primigenio que salió del agua y aprendió a arrastrase en el barro y a respirar esa tóxica mezcla oxidante que llamamos aire, descubriendo con alarmada sorpresa que podemos sobrevivir fuera del líquido amniótico, dando las primeras boqueadas y chillando: hemos llegado a un mundo más hostil y menos acogedor que aquel acuático, tibio y oscuro del que procedemos, pero también más prometedor, con mayores expectativas. Ahora ya comenzamos a ser humanos, antes, opino, no del todo. Esta es la primera frontera que cruzamos, entre el interior de mamá y el agresivo exterior que ya no nos sostiene. Del mundo acogedor y transitorio del líquido uterino pasamos al mundo hostil externo, necesitando toda la ayuda que puedan prestarnos adultos próximos, disponibles y dispuestos. Lo dice Salman Rushdie, uno de mis escritores favoritos de todos los tiempos:

“En nuestra naturaleza más profunda, somos seres que atraviesan fronteras”.

Al nacer, desde luego, al salir de la nave a pasear ingrávidos, y nuevamente sujetos por un cordón umbilical, en el espacio exterior, al atravesar continentes en carretas y océanos en carabelas o cruzar los siempre excesivamente anchos estrechos en precarios esquifes y pateras. Y siempre necesitamos el auxilio de los adultos próximos en nuestras llegadas. Negar esa hospitalidad es una forma de brutalidad con tus semejantes, y la primera violencia es la mera existencia de la frontera. Cualquier beduino analfabeto lo sabe. Pero lo ignoran todos los reyes y la mayoría de los poderosos de este mundo: a ellos les beneficia que un dólar se pasee por el mundo con mucha más facilidad que la inmensa mayoría de los seres humanos. Globalización, pero ¡tú, no pases!

Las únicas fronteras sin dignidad son las fronteras políticas entre los Estados, que son siempre resultado de viejas codicias históricas, apropiaciones violentas, guerras y odio al vecino. Poner una frontera al otro lado del río, con otra bandera, otro himno, a ser posible otro idioma, los tanques y uniformes (qué buen nombre) pintados de otro color. ¿Y ahora qué? ¿No es por territorio y por súbditos por lo que siempre combaten los caciques vecinos lanzando por delante -más que arrastrando tras de sí- sus respectivas carnes de cañón, renuentes o alienadas tanto da? Por eso los nómadas libres siempre han sido perseguidos por los sedentarios, sean gitanos en carromatos o tuaregs en camellos. Por los aduaneros, por los guardianes de las puertas de las murallas de las ciudades, hostiles, tan poco hospitalarias con el viajero. Cruzas mares, atraviesas collados entre montañas y desiertos, vadeas ríos, afrontas peligros e intemperies, todo para encontrarte alguien fieramente armado que te exige papeles, documentos, filiaciones. Si al nacer nos pidieran pasaporte para salir afuera nos extinguiríamos; probablemente también nos extingamos por nuestra obsesión de establecer fronteras donde no tendría por qué haberlas. Toda frontera implica una trinchera, un frente de batalla. Quizá haya algo previo a la barbarie de la guerra, que es la barbarie de las fronteras. El cosmopolita es un privilegiado, el nómada un perseguido, el inmigrante un paria, el ciudadano del mundo…un deseo, un brindis al Sol.

Cruzar esas líneas, pasarse de la raya, en “Step Across this Line”Rushdie afirma que eso es lo más humano en los humanos, desde que salimos de África y cruzamos Adén hace poco más de cien mil años. Por eso no nos quedamos reptando en el barro, ni permanecimos todos en África entonces ni ahora,  por eso y para eso nacemos, para pasarnos de la raya y traspasar la línea y así llegar a ser lo que somos o deberíamos ser. Los inmigrantes que llegan a nuestros poco acogedores países también constituyen una “fuga de cerebros”, como nuestros jóvenes científicos en huida obligada hacia adelante. Pásate de la raya: Step Across this Line. Eso que les suena tan peyorativo a los biempensantes es un imperativo que nos hace humanos.

O como él escribe:

“El guardián ordena que hasta allí no más. Pero el viajero debe rechazar la definición de frontera del otro, debe transgredir los límites de lo que el miedo prescribe. Cruza esa línea. La derrota del ogro es una oportunidad para el propio ser, un aumento de lo que es posible que el viajero sea.”(**)

Junto al nacer y morir, inevitables obviedades en cualquier caso, las migraciones, que suelen exigir mucha más decisión y por ende voluntad—seleccionan inevitablemente a los mejores, a los más inquietos y a los que menos tienen que perder—, son el fenómeno demográfico más significativo, tanto del mundo actual como de toda nuestra historia como especie, es decir, de nuestra prehistoria y de nuestro discurrir evolutivo. Los ogros del mundo intentan regular los nacimientos y las muertes, pero sobre todo, a través de las fronteras intentan mal que bien impedir los movimientos de las gentes. Y es inútil. Lo explica Cavafis en el famoso poema que viene a decir resumidamente que lo mejor de Ítaca es el propio viaje a Ítaca. Si se echan bien las cuentas, un inmigrante siempre deja en el país de llegada mucho más de lo que toma, al revés que un turista. La diferencia en la acogida de uno u otro la explica el que el turista se lo deja a unos pocos empresarios (que a veces ni siquiera residen en el país de destino, aunque eso da igual) en tanto toma, consume, gasta y deteriora de todo el país, y el inmigrante nos enriquece a todos de forma aparentemente más difusa. Además, todos somos, o lo han sido ancestros nuestros, inmigrantes. Por eso antes que raíces tenemos piernas.

Nacer, morir y entremedias moverse. Eutanasia, aborto y pasaporte. Y todas las pólizas que se te ocurran. Si no puedes emprender el vuelo junto a Merlín, ser libre no es tan fácil, aunque es imprescindible la educación. Por eso la desmantelan y en cambio refuerzan las fronteras. Por eso expulsan cerebros y no admiten otros. Nos quieren súbditos, no ciudadanos libres.

(*) T.H. White, La espada en la piedra
(**) Salman Rushdie, Pásate de la raya. Conferencias de Tanner sobre los valores

FERNANDO PARRA

Fernando Parra es Lansky y escribe habitualmente en http://lansky-al-habla.com

 

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