Casualidad

casualidad

Un hombre resbala y cae de un árbol en el jardín de su casa. Se mata. Una muerte tonta dicen los periódicos. Subió para realizar un trabajo doméstico, cosas de casa, y tuvo la mala suerte de pisar un cúmulo de resina que hizo que su pie se deslizara y perdiera la sujeción necesaria para permanecer sobre la rama. Apenas dos metros de altura que no hubieran sido suficientes para que perdiera la vida si no hubiera sido por la existencia de una piedra estratégica y a la vez casualmente dispuesta en el suelo hacia donde fue a dar con su cabeza en un golpe de eso que llaman mala fortuna, mala suerte o simplemente casualidad. Hay veces en que las casualidades pierden su sentido formal y dejan de serlo para convertirse en una necesidad o en un cauce natural por el que las cosas se dan. Al fin y al cabo la vida es siempre un embotellamiento de casualidades desde el principio hasta el final; o de cosas que tenían que pasar pero que se disfrazan de casualidad en un intento de hacerse leves, y si no ocurriera ese algo ocurriría otro algo no menos casual, no menos fortuito. Las casualidades son, a menudo, el camino por el que transita la realidad, y no sólo la que sucede, también la que no; la que se cuenta y la que queda oculta para siempre en esa extraña y negra espalda del tiempo que decía Marías y de la que nadie está a salvo nunca. Ésa cuyos márgenes no siempre se vislumbran a cierta distancia, ésa en cuya difusa frontera la realidad se va acercando al sueño y el sueño a la realidad, y desde la frialdad uno no sabe cuál va para un lado y cuál para otro. Y uno se afana en masticar la duda, blanco o negro, izquierda o derecha, cuando llega un momento en que ya da igual estar a un lado o a otro porque el resultado acaba siendo el mismo; en cambio llegar a ese lugar del cruce cobra entonces un sentido extraordinario, casi épico o de hazaña; la encrucijada como sino del hombre y lo demás, confusión, sueño o no, ya da igual; se cuente como se cuente el sujeto que cayó del árbol murió. Bajo ese árbol, en su propia casa, ante la atenta mirada de su mujer que probablemente quedara estupefacta por la rapidez con que pueden cambiar las cosas. Un tranquilo desayuno de domingo los dos solos, sin niños, en el que ella le insiste en que necesita que ate el extremo de la cuerda de la ropa al árbol porque la lavadora ya ha terminado, que lleva toda la semana diciéndoselo y que nada, que la lavadora ha hecho su trabajo y tú aún no- le dice. Después del desayuno, querida- dice él, pareciendo querer decir: Déjame disfrutar de mi último café, querida. Ahora voy. Ahora dejaré de estar o de ser ya. Ahora voy. A morir.

EL CÉFIRO

— ¿Os ha gustado?. —Siiiii!! — Pues un me gusta y colorín colorado.

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