Checkpoint

Checkpoint-Charlie

ANTONIO LUCENA

El Checkpoint Charlie está en el cruce de la Friedrichstrasse con la Kochstrasse, no hace mucho rebautizada com Rudi Dutschke-Strasse para joder a los cabrones del Axel Springer Verlag que tienen sus cuarteles editoriales en la esquina con Lindenstrasse, donde sacan toda esa basura sensacionalista que triunfa en los países protestantes. Un fanático lector del diario Bild le metió al bueno de Rudi dos o tres tiros durante la primavera del 68 y aunque sobrevivió ya nunca volvió a ser el mismo. El caso es que bajaba yo un día por Lindenstrasse a finales del mes de abril, los copos de nieve caían como puños fríos sobre mi cara, volvía a casa del trabajo y mientras pedaleaba en la bicicleta y resoplaba vaho para quitarme la escarcha del bigote empecé a pensar en la Guerra Fría. Asociación de ideas. De alguna manera, pensaba mientras pasaba por encima las dos hileras de adoquines que recordaban el muro, en aquel lugar simbólico se podían encontrar los restos de dos imperios. A la altura del museo judío empecé a preguntarme que es lo que hizo a uno triunfar sobre el otro, aunque a decir verdad pensaba más en que estaba harto de pasar 8 meses de invierno y en que quería volverme al sur.

Ambos bloques estaban armados hasta los dientes y además nunca necesitaron usar ni una bala, al menos en enfrentamientos directos entre ellos. Si había afganos, vietnamitas, coreanos o nicaragüenses de por medio era diferente, por supuesto. Por otra parte estaba el tema de las libertades frente a la tiranía y lo malos y crueles que eran los rusos, con sus gélidas miradas y los bigotazos impertérritos, pero si el ganador no queda como el bueno es que es un idiota, porque él será el encargado de contar la victoria. Así que no me creo mucho de ese cuento de los valores triunfantes. La respuesta, para mí, no se encuentra en el Checkpoint Charlie, ni en los museos sobre el muro, la crisis de los misiles o la invasión de Checoslovaquia. Se encuentra, por ejemplo, en los rastros que hay por todo Berlín. Hace poco escuché en casa un directo de los Puhdys (la banda de rock setentera más exitosa del Berlín comunista) que compré en uno de esos mercadillos callejeros y lo entendí. El disco es malo a rabiar y además imita de forma pésima a las bandas de rock progresivo americanas de esa época. Infumable. El bloque socialista perdió la guerra cultural, ¿qué bandas o que escritores no disidentes atravesaron el telón de acero y llegaron hasta nosotros? Solzhenitsyn tuvo que aguantar carros y carretas hasta que pudo salir de allí, cierto, pero su libro Archipiélago Gulag, por aterrador, realista y crudo que sea a mi me terminó aburriendo. Triunfó entre otras cosas porque fue un arma contra los rusos, creo yo. Y en cuanto a música, a mí que me registren, aparte de los Puhdys no conozco a ninguno, al menos ninguno que no imitara a los grupos británicos o americanos de moda. El capitalismo vende humo y sueños y esos sueños de éxito individual calaron también entre los jóvenes del este; las ediciones que hizo Amiga (la disquera de la Alemania oriental) de discos como el Harvest de Neil Young o el Thriller de Michael Jackson, por ejemplo, son la pera, tronchantes. En las descripciones que traen en la contraportada, el tipo que las escribe combina la admiración por el genio artístico con la contrapropaganda ideológica, sin darse cuenta de que muchos de esos artistas eran a la vez polémicos activistas y estrellas admiradas y reconocidas a este lado del muro. El hecho de que el rock creciera libre pero controlado, salvaje y dócil a la vez, sin cortapisas a la libertad personal y creativa pero al servicio del negocio fue la mejor propaganda que hicieron los yanquis, maestros en contradicciones. Cada chaval, occidental o eslavo, tenía un poster de Lou Reed o Bowie en su cuarto y mientras éste se pavoneaba por el Berlin Occidental poniéndose hasta las cejas de todo con Iggy Pop, esos niños soñaban con tener una Stratocaster o una Les Paul, olvidándose de hacer la revolución tal y como les pedían en la escuela o en el grupo de exploradores y fantaseando con el dinero, las chatis y las drogas. Tendríais que ver las guitarras que se fabricaron en esa época en los países del Este, la mayoría de plástico y auténticas porquerías. Curiosamente hoy en día tienen sus devotos, como Jack White, al igual que pasa con las cámaras Lomo parece que algunas eran tan malas que acabaron siendo cojonudas. La cultura pop vendía un estilo de vida que no pasaba por ser un ciudadano ejemplar y aun así tener éxito. Si a eso le sumas que metiéndote en la cama con tu asiática mujer una semana en un hotel de lujo quedas como el auténtico mensajero de la paz mundial, que me digan donde hay que firmar. Vaya, se me olvidaba un pequeño detalle: hay que firmar una cosa del tipo I am the walrus … Así cualquiera.

— ¿Os ha gustado?. —Siiiii!! — Pues un me gusta y colorín colorado.

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