Descubriendo el amanecer

amanecer-la caja negra

Esta mañana he madrugado para hacer una sesión de fotos. Con la quietud de la mañana estaba concentrada en mis cosas, ajustes, colocarme a lo Rambo para captar la mejor foto,… De pronto mi cuerpo ha ido tomando conciencia de lo que me rodeaba. La humedad del rocío en mis rodillas, el olor a mar en la mañana y un leve zumbido se ha ido tornando en miles de cantos y saludos. “Buenos días señora abeja, ¿un poco de néctar para usted?”, ella ha contestado  con un ligero zoom y un suave aleteo;  ha posado para mí pícara y juguetona, casi diría que ha querido ver el resultado, pues se ha acercado mucho a mi pantalla LCD.

Hasta las flores están empezando a abrirse, es su forma de estirar los brazos con un bostezo, aunque estoy segura de que lo han hecho mientras yo situaba mi trípode y ajustaba parámetros frente a ellas.

Los mirlos y los estorninos iban moviéndose, empiezan el día con prácticas de vuelo. Dos preciosas abubillas bebían agua en la piscina, con sus preciosas alas a rayas y sus crestas desmelenadas. Una mariposa de los más presumida también me rozó mientras disparaba, hoy debía de tener un evento, pues se había engalanado con sus alas de fiesta, blancas con lunares de miles de colores, ¿sería la feria de la zona y no me habían invitado?

Aún quedan en la arena pisadas de la noche anterior, los pescadores, con  sus pesados y húmedos cuerpos después de pasar una noche larga frente al mar, andan recogiendo sus cañas y aparejos.

Las gaviotas van acercándose a los escasos restos que quedan en la playa, buscando su tan ansiado desayuno que evite que mojen su limpio plumaje.  A quién no le gusta que le faciliten un poco la vida; en el fondo lo haríamos todos, elegiríamos una tostada puesta, un café humeante, ese pastel que nos mira de forma juguetona desde la vitrina,  antes que cacharrear en la cocina y abrir el frigorífico, que suplicio a estas horas.

Es extraño ese momento en el que aún conviven los grillos cantando y los pájaros de la mañana. Me ha traído a la memoria cuando hace unos años, no interesa hacer la cuenta de cuantos, llegaba a casa al amanecer. Andaba cabizbaja, casi transparente por las calles, mientras otros seres ruidosos y brillantes iban empezando su jornada laboral.

Merece la pena madrugar y ver los miles de colores que rodea el cielo en la mañana, esa paleta de colores tan especial a esta hora. Merece la pena pararse un momento y ver lo que nos rodea, aprender a observar, a mirar con respeto a los que pasan por allí.  Merece la pena detenerse, frenar tus pies y mente en seco, sea la hora que sea, respirar profundamente abrir los ojos del alma y mirar, si tras ese minuto no has aprendido nada, sigue andando y disfruta de tu vida, si  has notado como algo más que tus pulmones se llenaba, la próxima vez que te pares, hazlo al amanecer.

JUANA. P. LARA

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