Días de asueto

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EL CÉFIRO

 

El rastro de humo que el reactor deja a su paso en el cielo es la escueta y lineal huella que a los humanos de a pie se nos permite observar a diario; ese milagro que otros nunca verán. Y la gradual intensidad en el blanco que varía desde la cola a la punta, el descubrimiento de la lentitud. O el tiempo. Que pasa y pasa sin remedio. ¿Se han preguntado alguna vez por el revuelo de sombras que levanta la palabra inexorable? Dice la RAE: que no se deja vencer con ruegos. Bueno, no sé -entonces- si estaremos ante el adjetivo más propicio para aplicárselo al paso del tiempo dada la tontería que supondría rogarle algo a gritos a un sordo. Pero esa equis, ese prefijo de retención… ¿A qué? ¿Dónde? ¿Mande? diría Forges. Menudo invento el tiempo. El tiempo no existe. El tiempo es un fantasma tenebroso, un espectro terrorífico del que sólo nos queda constancia de su paso pero no de su estancia; el tiempo es esa bruma embaucadora que trastabilla nuestros pasos y al final sólo nos queda ese humo del reactor y la ansiedad tontuna del que quiso capturar la luna en un cubo de agua. La boca abierta en el mejor de los casos. La cara de Dorian Gray en el peor. La Plaza de las Pasiegas es un buen sitio para ver pasar el tiempo sentado en sus escalones al pie de la catedral. Su estructura casi cúbica y sus dimensiones suaves la convierten en una suerte de confinado campo de recreo disfrazado de pseudoterraza en la que uno sin mucha perspectiva tan sólo adivinaría una salida pues las contiguas a la catedral quedarían ocultas en la ley de ángulos y las otras dos en la ley de sombras. Y por ese único subterfugio claro desemboco en la librería Praga donde consumo distraído gran parte del tiempo libre que se pierde entre los anaqueles como esas burbujas de champagne al descorcharse la botella. Otra vez, sí. Reverbera y vuelve una y otra vez como lo inerte. Incansable. Inmutable. Maldito. Y me encuentro con Pla y con Baroja. Con un estante de literatura rusa en el que apenas si distingo a Dostoievski y con otro de letras granadinas en el que me congratulo de dar con un Enrique Ortiz, granadino aún, descubriendo la lentitud con versos, un Enrique Ortiz mucho más joven -fotos en las solapas de los poemarios no, gracias-. Otra vez el tiempo, sí. Recurrente e infranqueable. Habíamos dicho inexorable. Quizás sea demasiado oscuro el adjetivo pero sí. Así es. Incluso en los días de asueto. O más en estos.

— ¿Os ha gustado?. —Siiiii!! — Pues un me gusta y colorín colorado.

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