El Poetrasto

poetastro

GERMÁN GUIRADO

Y luego está aquel poetastro que va a las presentaciones con el uniforme oficial de poetastro, el pelo de una estudiada anarquía lírica y un imperturbable rostro como de asquito. El asquito que se da a sí mismo por obligarse a acudir a dichas actividades profanas, ya que, sin su infanzona presencia, quién osaría calibrar la altura intelectual de semejante acto.

Una vez recibido el agasajo de rigor y tomado asiento en un lugar suficientemente visible para el resto de la comitiva, el poetastro en cuestión, hojea, como de pasada, distraído, el librito protagonista; pero, cuidado, un verdadero poetastro nunca adquiere un ejemplar, su dinero no está para tales banalidades. Un poetastro puro se limita a sobar uno prestado el tiempo necesario para ir gestando su esperado e incontestable veredicto final. Hasta ese momento, durante la ceremonia retórica, suceda lo que suceda, su cara de asquito no mutará un ápice. De su boca, a lo sumo, una -apenas- tosecita circunstancial acompañada de etéreo efluvio poetastril y sutiles desplazamientos oculares si acaeciere necesidad, ya que la alegórica cabeza de un verdadero poetastro deberá permanecer inamovible cual balanza en eterno equilibrio entre la idea sublime y el asquito. Una vez concluido el remedo literario, aguardará con estoicismo la aproximación del interventor. Un buen poetastro que se precie nunca irá detrás del inculpado, un poetastro de libro espera el momento propicio para erigirse en moderador y único participante de un preciso debate magistral. Un debate, empero, fugaz que desembocará en procedimiento sumarísimo. Amplio muestreo de fundamentos de hecho y de derecho épico, y ya disponemos de sentencia firme por necesaria. De este modo, nuestro verbo hecho carne, tras abrir –y cerrar- un período consultivo prudencial, ya puede retirarse a sus aposentos con la tranquilidad del deber cumplido, el anuncio de una próxima lectura poética-catedralicia propia y el agradecimiento demostrado por alguno de sus discípulos al abonar el cáliz sagrado de las consumiciones varias de un poetastro de bien.

— ¿Os ha gustado?. —Siiiii!! — Pues un me gusta y colorín colorado.

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