Los seres únicos

construir-futuro

Si la individualidad es aquello que diferencia al ser humano del resto de congéneres y por lo que, como bien dice la RAE, se le señala singularmente, entonces ¿por qué nos pasamos la vida intentando “pertenecer” a colectivos de todo tipo? organizaciones, grupos políticos, musicales, literarios, deportivos, etc. Hay un afán de comunicación y de respuesta insaciables que buscan eso que algunos llaman la “realización” como persona, que no es ni más ni menos que llegar a abrazar todos los preceptos que receta la sociedad en términos de vida familiar, laboral y por supuesto sentimental. Pasa a veces que entre esos colectivos a los que se pertenece o a los que se lucha por entrar a formar parte hay algunos que no siempre son escogidos. Y es aquí donde entran en juego las distancias, el tira y afloja, el equilibrio (tan difícil siempre). Vivimos cada vez más amoldados a coacciones de todo tipo; convivimos con ellas de manera fácil como dentro de un engranaje donde nunca falta lubricante que tape las incomodidades y ahogue cualquier ruido de fricción; vamos como llevados por la corriente hacia lo que le interesa realmente al poder: la uniformidad. Que todos seamos iguales pero que todos nos creamos distintos. Así, todos contentos, todos borregos. La vieja historia de la que nos hablaron Orwell y tantos otros sigue hoy de plena vigencia y la soledad de una sociedad que camina en masa solitaria por la gran ciudad se hace una losa insoportable para el pensamiento, un techo difícil de levantar que estrangula nuestro poder de autodeterminación sibilinamente como el perfecto y pulcro asesino que comete el crimen perfecto. Habrá que intentar vencer entonces al sueño con herramientas de dudosa verosimilitud, habrá que aferrarse al arte y a la ensoñación, a los tropos, a las metáforas por ejemplo. Hay en la metáfora un misterio, un secreto por el que su descubridor entra directamente a formar parte de una logia secreta de disfrute de libertad, una logia sin techo con el que topar, sin confines. La metáfora es una trenza que guarda una terrible verdad bajo sus inocentes palabras, donde nada parece lo que es a primera vista. La metáfora es la llave que escondía con celo Cervantes cuando estaba preso en Argel, la clave de uno mismo, su propio sabotaje, la manera más simple y más tonta de ser otro. Porque no sólo el tiempo se transfigura algunos reclamamos aún nuestro derecho al romanticismo. A llegar a estar frente al portero y dar media vuelta sin disparar. Nuestro derecho a la lentitud y a la contemplación. Al no mercantilismo. A morir de inanición. Algunos reclamamos aún la libertad que creemos tener y no tenemos. El derecho a equivocarnos. A rendirnos. A, como decía Pavese, llegar al final al menos con un ápice de dignidad y si se puede, de estoicismo. Ya se encargará el desastre del resto.

EL CÉFIRO

El Céfiro escribe en el blog: http://elcefiro.wordpress.com

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