Magia

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Cada vez que el talento se desaprovecha o desaparece, el mundo se hace un poco más vulgar y más pobre. Cada vez que Mendilíbar pone de titular a Nino en detrimento de Masoud, el fútbol se muere un poco. Porque en esta sociedad de mediocres, miedosos y triunfadores se tiende a apartar, a extinguir, a ridiculizar lo diferente a la mayoría. Lo que no se considera normal. Lo distinto o lo raro. No está bien visto “salirse del tiesto” o destacar. Ni por arriba ni por abajo. Pero el ser humano siempre ha experimentado cierto placer en sentirse único, en engordarse en su propia rareza que para él no lo es o no lo es tanto o simplemente es su forma natural de ser o estar. Así, cualquier actividad vital supone dejar la impronta de su forma particular de ser porque en el momento en que uno decide que su ídolo no es Cristiano Ronaldo ni Messi sino, por ejemplo, Masoud Shojaei, ya se está decantando ante la vida de una manera significativa. Cuando Masoud entra en acción hay algo en el aire que petrifica; algo también que deja de respirar. El tiempo se detiene para asistir a la rareza, a lo único. Puede ser tan sólo ver como el persa recoge la pelota y se mueve con ella. Un simple pase. Un gesto. No hace falta que haga un gol. Ni siquiera un regate. Su cuerpo en general se mueve con una armonía mágica que activa mis sentidos de la misma manera que cuando descubro un verso magistral en un poema de Cernuda o escucho una canción redonda de Mark Lanegan; mi cuerpo se tensa y me dan ganas de levantarme del asiento, a veces de chillar o simplemente de correr, de no saber dónde mirar ni qué hacer. Me pasaba con Pineda, ex jugador del Sevilla, Rayo, Extremadura, etc. Era llegar la pelota a sus pies y el escenario cambiaba por completo. Pasaban cosas distintas. ¿Para qué si no va uno al fútbol? ¿Para ver la estrategia y la táctica o para ver lo que no es normal? Y Pineda, desde luego, no era normal como tampoco lo es Masoud. Recuerdo ir a verlo jugar (a Pineda) ya en el ocaso de su carrera a un pueblo de Granada. Él militaba en el Carolinense. Tercera división. Campo de tierra. Domingo por la mañana. Nada más llegar al campo, la primera decepción: Pineda en el banquillo. Mazazo. Pero nos quedamos a verlo aunque fuera en el banquillo y por si al entrenador le daba por darle minutos en la segunda parte. Pero llegó la segunda parte y nada. Hasta que en un lance del juego un jugador pega un zambombazo al cielo. Nosotros, al lado del banquillo visitante, vemos que el balón viene a caer justo donde estamos nosotros, desde el cielo y con una velocidad y una fuerza como para apartarse… todo el mundo lo hace para dejar que el cuero bote en el suelo cuando de pronto una figura pequeña sale del banquillo y coloca su diminuto pie de tal manera y con tal mimo que el misil que venía del cielo muere en su bota, rendido, acobardado, muerto, perdiendo todo su fuerza y su rabia… no supe dónde mirar ni qué hacer. Sólo reír. Aplaudir como lo hizo el campo entero. Casi llorar. Porque eso fue fútbol. Eso fue arte en el más amplio y profundo sentido de la palabra. Fue lo más grande que me ha pasado en un campo de fútbol y no hicieron falta mundiales ni finales ni césped ni nada. Por no hacer falta no hizo ni siquiera que fuera titular. Así es el talento. Así es la magia.

EL CÉFIRO

El Céfiro escribe en el blog: http://elcefiro.wordpress.com

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