Maneras de literar

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EL CÉFIRO

Detrás de toda literatura hay una secuencia de vida o realidad del autor, o sea, que es como decir que toda literatura tiene algo de autobiográfico. Y puede que sea así. Que no quede otra posibilidad o que ése sea sencillamente el fin. Que al escribir hayamos de dejar plasmado siempre un trozo de nosotros mismos como si de un extraño gravamen o peaje que se haya de satisfacer se trate. ¿Entonces, no existe lo absolutamente inventado? Hay escritores que basan su literatura en la necesidad de fingir como método de fuga de la realidad y para ello se trasmutan, se alienan e incluso se vuelven locos intentando moverse entre la imposibilidad de lo real y la impotencia para contar la verdad. Juan Carlos Onetti era así. En las páginas que nos dejó podemos encontrar un enorme volcán de ideas vertidas de manera torrencial, a chorro, casi vomitadas, lo que puede provocar a veces en el lector una cierta aversión a sumergirse en tal mar de letras. Se produce entonces la incomunicación al percibir un halo de superpoder o de imposibilidad de reconocimiento. Onetti escribía de manera embrollada, sí. Yendo además de un lado a otro sin mucho sentido pareciendo a veces un borracho provocador o lo que hemos dicho antes, un loco guiado por la pasión de escribir y contar la realidad. Pero toda palabra tiene sus víctimas y Onetti, como Hölderlin y otros muchos, intentaron escapar a través de ellas, escribiéndolas, admitiéndolas, como si al plasmarlas quisieran hacerlas un poco más reales y trascendentes quizás. Ricardo Piglia dice algo así como que escribir debe consistir en parecer un mentiroso cuando se está contando la verdad. Y puede que sea lo más sensato. La manera menos expuesta y protegida de la que se dispone para acceder a la verdad porque no olvidemos que el poeta se ve empujado siempre a decir la verdad y que escribir es un poco corregir la vida y otro poco soñar otra nueva o que no se tiene, en una atolondrada huida de los absurdos golpes de la imperiosa realidad que como una enorme piedra que rueda hacia nosotros, es imposible de parar. Y por otro lado el sueño, la imaginación, la parte que se nos deja para la inventiva. Como el trabajo y las vacaciones. A una parte nos vemos abocados para sobrevivir. A la otra accedemos como a un juego pueril a través del don de la observación y la imaginación. Cerrar los ojos para ver mejor en contra de abrirlos para admirar la más pura realidad. Esa es la dicotomía de todo escritor. Al fin y al cabo, esa es la búsqueda del arte. La de rearmar el puzle de la vida siendo conscientes de nuestro propio ridículo al -como decía el poeta Juan Luis Panero- “intentar retener la huella de la luz en sílabas de sombra”.

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