Realidad

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La realidad siempre decepciona. Uno crece leyendo novelas de Julio Verne, cómics de Stan Lee o cuentos con castillos y princesas, preparando su propia andadura, esperando la oportunidad que le permita argumentar su valía para lo que en ese tiempo se considera la vida, aventura que a menudo pasa con más pena que gloria y de la que al final de los días se termina creyendo que nunca llegó, obviando a sabiendas que no se hizo nada por llegar a ella; que fue más fácil dejarse llevar por las caudalosas aguas que impone la sociedad (la mentira tiene un poder disuasorio extraordinario incluso para uno mismo) Y se adelanta el recuerdo de esos niños que se pasaban las tardes con espadas que no eran más que troncos de plantas de tabaco, sintiéndose épicos abrazados a su dócil y loable violencia, esos mismos que ahora trabajan en una oficina de ocho a ocho, que ven las noticas mientras comen y esperan la noche como si fuera el día. Y van a la oficina de nuevo. Y ahora, cuando llegan las vacaciones se escapan a la playa –los que pueden-; se mueven entre la nada más horrenda acostumbrándose a que no pase nada nunca, a que sus días sean pasto del tiempo como si de un reguero de pólvora encendida se tratase; justo lo contrario a cuando eran niños. La realidad es decepcionante. Por eso los escritores realistas –los buenos- a menudo también decepcionan. Pero sólo a los que los leen buscando en ellos la emoción de los trucos dramáticos, la ficción de lo que se quiere o se quiso ser cuando la verdad que se tiene no es otra que dar por hecho que la realidad es un hormiguero anodino y descuidado en donde la vida sucede tal y como la vemos, ni más ni menos; donde también hay asesinatos y conspiraciones y amor y lujuria como en la novela negra; lo distinto es el halo que flota sobre las palabras o los hechos. He ahí la diferencia: el pulso. El tiempo transcurre con una parsimoniosa lentitud exasperante y gris. Y, ¿cómo podía ser de otra forma? Hay escritores que tienden más a la forma que al fondo, falseando la realidad con mimo. Suelen ser los mejores si en esa tarea no incurren en hacer de la literatura un arte retórico y formalístico, académico en cierto modo porque entonces lo habrán perdido todo. Si leen “Stoner” de John Williams, “El día de la independencia” de Richard Ford o cualquier obra de Faulkner se darán cuenta de que esa realidad que se cuenta no tiene nada, absolutamente nada de particular, que podría ser perfectamente la suya o la mía, la de cualquier mortal de cualquier país civilizado, ¿clase media? Puede ser. Sus personajes somos todos nosotros, gente decepcionante en el sentido más amplio de la palabra. Gente cobarde en las más grandes citas. Valiente en las pequeñas. Gente que muere para que otros vivan y que son incapaces la mayoría de las veces de compartir las cosas esenciales con los demás. La realidad es un asunto de atlética y maratoniana digestión. Decepcionante también, sí, pero podemos aderezarlo con algo de buena literatura o de vinazo malo. Las dos cosas valen.

EL CÉFIRO

El Céfiro escribe en el blog: http://elcefiro.wordpress.com

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