Vieja escuela

wolff

Recuerdo una novela titulada Vieja escuela. Lamentablemente no me acuerdo de los detalles. Una especie de concurso en que se incentiva eso que los americanos llaman “escritura creativa”. Cada cierto tiempo un escritor conocido va a esa vieja escuela a entrevistarse con los alumnos a propósito del concurso, creo recordar. Todos esperan la llegada de Ernest Hemingway. Al narrador de la novela, un adolescente aspirante a escritor, sin embargo, le impresiona la presencia de otro autor (o autora, no soy capaz de recordarlo, hace ya tiempo que leí esa novela de Tobías Wolff). No recuerdo el nombre de ese otro autor, ni siquiera sé si ese otro autor es un personaje inventado o no. Recuerdo que lo que le impresiona al joven narrador es la contundencia de las opiniones de ese otro autor, su, digamos, implacabilidad. El joven narrador de alguna forma encumbra a ese otro autor hasta que es capaz de comprender, por contraste, que la verdadera grandeza del hombre reside en sus flaquezas (en la honestidad con que se enfrenta a ellas) y no tanto en sus seguridades. (El alcoholismo de Hemingway, sus enormes contradicciones, frente a la dureza y el unilateralismo de ese otro autor.) Huelga decir que ese otro autor simboliza la inflexibilidad, la firmeza, la inclemencia y la severidad del mundo nazi. Nuestra maltrecha escuela (la de aquí y ahora, la que pretende arreglar el ministro Wert) desde hace años ha tratado de alejarse de todos esos modos severos, inflexibles e inclementes. Había que entender al alumno, sus necesidades educativas particulares, su diversidad. Era un empeño muy difícil. Imposible, en la mayoría de los casos. Requiere de un siempre precario equilibrio entre las necesidades del alumno y las exigencias del profesor; que suele desembocar en un esfuerzo bastante importante por parte del profesor. El modelo era mejorable. Pero no creo que nadie quiera volver a lo de antes.

Lo de antes es una educación centralizada, rígida, basada en, digamos, los méritos numéricos de unos exámenes impuestos desde fuera. No creo que haya profesores favorables a delegar la evaluación de sus alumnos en las rígidas imposiciones de una prueba única y externa; cuando desde siempre se nos ha dicho que la evaluación es un proceso, un proceso de convivencia con el alumno y de observación de su trabajo. Lo procedimental midiendo su importancia junto a lo conceptual y lo actitudinal. Vale que haya un procedimiento selectivo para los que aspiran a entrar en la universidad pero, ¿es necesario que exista algo parecido en las etapas anteriores?

Se bautiza la nueva ley como “de calidad”. Se pretende paliar con ella el enorme fracaso escolar, al parecer muy superior al de nuestros vecinos europeos. Y para ello se incrementan las trabas y se restan recursos. Muy bien, fenomenal. Por lo visto creen que los alumnos que no son capaces de superar las pruebas actuales, que les plantean sus propios profesores, serán capaces de superar una reválida. La supuesta “calidad” también se incrementará potenciando una asignatura como Religión. Para colmo, alegan que no hay en todo ello un componente ideológico. Las susodichas reválidas son una forma de homogeneizar contenidos. Nada que ver con la “calidad”. Hay toda una obsesión por homogeneizarnos, por someternos a un control centralizado, por parte de aquellos supuestos defensores de la libertad. Actualmente, los equipos directivos de los centros educativos son elegidos por los miembros de la comunidad educativa (de cada centro; es decir, cada centro elige a su director). La nueva ley “de calidad” pretende que los equipos directivos sean impuestos “desde fuera”, por los gobiernos. Sin duda, controlando “desde fuera” a los directores se incrementará la calidad educativa. Al mismo tiempo, los nuevos directores, impuestos “desde fuera”, al parecer, tendrán la capacidad (inédita hasta ahora) de seleccionar parte de la plantilla de profesores que trabajarán en el centro que dirigen. Todo atado y bien atado; el control “central” extendiendo sus tentáculos, imponiendo leyes, normas, directores, reválidas, sin tener en cuenta las necesidades locales e individuales (ellos, adalides del individualismo). Son tiempos de hipocresía, en los que se nos trata con eufemismos (calidad, austeridad, libertad). En los que se nos engaña para imponernos medidas inclementes, dolorosamente severas. Tiempos oscuros en los que somos gobernados por una pandilla de cínicos nazis, que para colmo se atreven a llamar “nazis” a quienes les estorban.

JOSÉ MORAND

José Morand es profesor de Secundaria y escribe en: http://silencioadministrativo.blogspot.com

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